Revelaciones de oriente en occidente

Desde occidente hemos oído hablar de las formas de creencias y de vivir del otro lado del mundo. Hemos escuchado el nombre de Buda o visto sus estatuas, así como conocemos (o creemos conocer). Somos consciente de la espiritualidad y las profundas diferencias que existen, y, sin embargo, nunca las llegamos a conocer del todo. Porque como se enseña en muchas de estas visiones, cada uno construye su propio camino para llegar a la iluminación.

Imagen de ejemplo
Ilustración símbolos religiones orientales. Elaboración propia
Cómo llego oriente a occidente

El interés por las religiones orientales es una tendencia difundida en muchos países occidentales como Francia, Alemania, Reino Unido, Estados Unidos, Australia, Chile, Argentina, Brasil, etc. (Lenoir, Las Metamorfosis). Dentro de esta tendencia globalizada, se destaca la expansión del budismo en Occidente , especialmente en las clases media y alta de las ciudades. ¿Cómo explicar tal fenómeno masivo en sociedades con una exigua inmigración de budistas provenientes de Asia, y en una modernidad supuestamente secularizada? En parte repasando la evolución de la misma sociedad occidental y su relación con todas las facetas de la cultura.

Desde los primeros misioneros católicos y exploradores venecianos –dos siglos antes de que Colón llegara a América–, los europeos han proyectado sus imaginarios sobre los asiáticos. Las prácticas religiosas de ese territorio constituyeron en el pasado el argumento para considerar a los tibetanos como pueblos atrasados cuyas formas de vida fueron incluso equiparadas al oscurantismo de la Edad Media. Fue hasta unos siglos después con el renacimiento y la edad moderna que en Europa se vio nacer el orientalismo: a finales del siglo XVIII, particularmente entre artistas, literatos y filósofos. Diderot y Rousseau, elogiaron un imaginado de Oriente e indicaron el posible valor que tenían las culturas no europeas para los mismos.

El Orientalismo del siglo XIX profundizó la idealización y multiplicó las obras de ese corte difundiéndolo en una población un poco más amplia. Fueron los autores, especialmente románticos, los que contribuyeron a la difusión de este orientalismo: Chateaubriand, Nerval, Lahontan, etc. Es posible notar la presencia del orientalismo también en obras de autores influyentes del siglo XIX y la primera mitad del XX: Goethe, Borges, Emerson, Hesse, Tolstoi. Las espiritualidades orientales interesaron también a filósofos como Nietzsche, Schopenhauer, Bergson o Heidegger e influyeron decididamente en psicólogos de renombre como Karl Jung (Lenoir, “Les Spiritualités” 2403). Todo esto contribuyó a que el budismo se difundiera a través de los libros, se “intelectualizara”, se empezara a ver como un aporte a la filosofía o a la psicología o se incorporara a un saber intelectual desligado de normatividades y prácticas propias de la institucionalidad religiosa asiática.

“Oriente se convierte una vez más en un tema de sueños, y en la esperanza de un recurso. Se le considera capaz de satisfacer una demanda difusa, a veces confusa, de una vida diferente” (Droit). Oriente es como una imagen en negativo de Occidente. Si Occidente se imagina modernista, racional y materialista, Oriente sería lo opuesto: tradicional, sensible y espiritual. Así, en una religión oriental como el budismo, encontraríamos el remedio a nuestros males, remedio que “nuestra cultura” no proporciona.

Contrastes

En Occidente podemos observar como islam, judaísmo y cristianismo derivan de un mismo origen y coinciden en un aspecto monoteísta, en que la salvación esta en manos de un comportamiento moral y ético. Por otro lado, se presenta una lucha entre el bien y el mal, entre cuerpo y alma, así como la razón y la fe. Existen estos dualismos que constantemente presentan un “roce” y generan debates y dudas sobre la verdad. Lo que conduce a la secularización o pérdida de influencia de la religión sobre la sociedad.

Por otra parte, podríamos hablar de oriente y referirnos a la espiritualidad oriental que tiende a ser no teísta o panteísta. No busca a Dios como una entidad externa, sino que explora el principio universal que rige todas las cosas. En el budismo, este principio es el Dharma, el orden cósmico; en el taoísmo, es el Tao, el flujo natural del universo. No se busca un Dios personal, sino la unión con la realidad y la comprensión de la naturaleza esencial del ser.

En las religiones orientales no se enfatiza tanto la dualidad, sino la unidad de los opuestos. Por ejemplo, el taoísmo enseña que el Yin y Yang no son fuerzas en conflicto, sino complementarias y necesarias para la armonía. El budismo rechaza la lucha entre cuerpo y alma, ya que no ve al "yo" como una entidad separada, sino como una ilusión creada por la mente. El equilibrio y la aceptación del flujo natural de la vida son fundamentales. Buda ofrece el “camino del medio” como un individuo que paso de vivir como príncipe a la total escasez y finalmente predicar en el equilibrio de las cosas.

La moralidad no es vista como una imposición externa, sino como una expresión natural de la sabiduría interior. En el budismo, la ética se basa en el noble óctuple sendero, que guía a las personas a actuar con rectitud no por obligación, sino por comprensión profunda de las causas y efectos del sufrimiento. En el taoísmo, la verdadera virtud surge cuando uno fluye con el Tao, sin necesidad de reglas externas.

El “yo” y la individualización

Según el budismo o el mismo Buda no hay una entidad fija, permanente o inmutable dentro de nosotros que pueda llamarse "yo". Por lo tanto, su individualización no pasa por desarrollar un yo separado sino por entender como una interconexión de la realidad en su totalidad. Por otro lado, según Osho, y su concepto central de su filosofía, la rebelión individual: no se veía a la espiritualidad como una simple adherencia a dogmas o tradiciones, sino como un acto de liberación radical del individuo respecto a todas las estructuras externas que lo condicionan: la sociedad, la religión, la política, la familia, y hasta la misma identidad personal. “La verdadera rebelión no es contra algo o alguien. La verdadera rebelión es por la libertad interior.” En este sentido Osho ya propone a la liberación del mismo ser al dejarse de ser “controlado” por el resto del mundo.

Los deseos

Buda enseñó que la vida implica dukkha, una palabra que se traduce comúnmente como sufrimiento, pero que también abarca la insatisfacción, el malestar o la incompletitud inherentes a la existencia humana. Según la Segunda Noble Verdad, la causa de este sufrimiento es el deseo o tanha (en pali), que significa literalmente "sed" o "anhelo". Y es el impulso de evitar dolor y encontrar el placer. Para Buda además algo muy relacionado fue el apego (upādāna). Que es la tendencia a aferrarse a personas, objetos, ideas o emociones con la esperanza de obtener seguridad o felicidad duradera. El apego genera sufrimiento porque todo en el mundo es impermanente (anicca). Aferrarse a algo que inevitablemente cambiará o desaparecerá genera frustración, miedo y dolor. Para Buda, el deseo y el apego son obstáculos en el camino hacia la liberación espiritual. Al comprender su naturaleza y practicar el desapego consciente, es posible alcanzar una vida plena, libre de sufrimiento y en armonía con la realidad tal como es.

Según otros pensadores como Jiddu Krishnamurti, el deseo es un aspecto esencial de la mente humana, pero él lo aborda desde una perspectiva única que trasciende las interpretaciones tradicionales de la espiritualidad. Llama a observarlo sin prejuicio: “La libertad no consiste en reprimir el deseo, sino en entenderlo profundamente, sin intentar modificarlo ni seguirlo.” Enseña que la verdadera libertad no es la satisfacción de todos los deseos, sino la liberación de la compulsión del deseo.

Así las filosofías/religiones orientales, pero sobre todo el budismo revela la visión opuesta a lo que se pretende en occidente desde un comienzo, pero que parece estar adoptando cada vez de forma más intensa estos saberes. Pudiendo caer bajo el riesgo de que el mensaje se distorsione o que la crítica al sistema se convierta en algo más del mismo sistema. El budismo se propone cada vez más como un consuelo de espiritualidad donde no hay reglas sino aprendizaje, dejando abierto la pluralidad de caminos, lo cual también tiene una doble vara: entre promocionar un camino más relajado para vivir y justificarnos a nosotros mismos con cualquier acción.