La vida son muchas cosas y es también una guerra compuesta de muchas batallas. Batallas de las que no queda claro si somos el lugar donde se combaten o somos nosotros sus guerreros protagonista. Probablemente sea una amalgama de ambas.
Estamos acostumbrados a las historias heroicas, cómicas o trágicas en las que muchas veces encasillamos nuestras vidas. Reflejamos en nuestras historias de vida ese mismo modelo combate versus el mundo. Creemos pelear contra un sistema, nuestros supuestos flagelos o contra el desorden mismo que nos pone al límite de los cabales de la mente. Y en esa mirada se pierde en la perspectiva del mismo ego y nubla la conciencia de que somos en realidad el lugar donde muchas veces se libran estas batallas entre emociones, deseos y razón.
Constantemente punzamos entre deseos y gratitud, impulsos y satisfacciones, entro lo nuevo y lo rutinario y así mil batallas se libran en un día, cada día, mes, año y toda la vida. Nos morimos como muere un territorio que fue testigo de las luchas más sangrientas. Pero nosotros somos ese territorio y estamos vivos, de nosotros depende ser el omnipotente de este espacio personal y actuar como quisiéramos que actuase la justicia, decirnos es nuestra responsabilidad y después, quizás, pelear contra lo que queramos del mundo allí afuera.