Las manos, el arte y las inteligencias artificiales

Imagen de ejemplo

Hace unos años cuando surgieron los primeros motores de software capaces de generar rostros completamente aleatorios e inventados, era muy sorprendente ver la gran similitud que existían entre esas imágenes inventadas y las caras que existieron y existen en la tierra. Se volvió a su vez un reto poder reconocerlos y un furor por cierta inquietud que generaban ver esos ojos sin alma o esas sonrisas con demasiados dientes, como si a la inteligencia artificial le costase poder reconocer esas partes tan complejas, y propiamente humanas. Surgieron conceptos como “uncanny valley” que buscaban explicar porque sentimos una fobia o rechazo a lo que parece demasiado humano, pero no lo es. Esto, junto con demás tópicos, alimentaban la idea sobre la limitación de los algoritmos de estas IAs generadoras de imágenes y reabrían (y reabren) un debate sobre el arte y la inteligencia artificial.

Hace unos cinco años apenas un puñado de páginas podían generar caras ficticias, pero hace poco tiempo todas esas generaciones de rostros pasaron a ser imágenes de cuerpos enteros, no solo de un humano sino inclusive imágenes de grupos e interacciones sociales. Pero no únicamente por ese puñado de páginas, sino que las generan algoritmos presentes en casi todas las apps más populares. Hoy en día existe tal oferta, que inclusive desde WhatsApp se pueden solicitar estas imágenes.

Las imágenes que se van complejizando, sin embargo, guardan siempre una clase de error que se repite de forma muy frecuente, y es, como se dice en un primer momento, la generación para ilustrar manos. Haga la prueba en META IA de WhatsApp pidiendo por manos entrelazadas y note cierta dificultad para lograr coherencia. Según los programadores ello se deba a que las manos presentan demasiados espacios vacíos y que, a su vez, es difícil de detectar en concordancia a las demás partes del cuerpo: no es por ejemplo un ojo que se trata de un círculo blanco en un rostro, sino que una mano puede venir acompañada o no de un antebrazo o puede simplemente aislarse en un punto determinado de la muñeca.

La mano tampoco posee una postura natural, está constantemente en movimiento y reflejando alguna emoción o pensamiento, es la principal comunicadora corporal.

La inteligencia artificial es sin embargo un marco teórico de posibilidades que se modifican cada segundo, un aprendizaje continuo y una retroalimentación que son partes de su estructura. Con esto se quiere decir que es probable que las manos empiecen a ser generadas cada vez de forma más precisas. Pero en la actualidad proponen un debate que se observa de vez en cuando en internet y discusiones de diarios, es sobre la capacidad que tiene el arte (visual, sobre todo) de ser generado a partir de un texto.

Se propone que la abstracción y momento personal del artista al crear una obra se trata de un momento de lenguaje meramente personal, independiente de todo intento lingüístico. Pero ahora al ser necesarios estas entradas de texto, denominadas prompts, esta regla se rompe y se pierde el arte. En la novela de Metrópolis, se inicia con una frase que también se orienta a esto mismo, “el mediador entre el cerebro y las manos ha de ser el corazón”. Si la IA no es capaz de direccionarse hacía las manos, es porque le falta un corazón.

Desde otro punto de vista menos injusto con las IAs, hay muchos artistas que han hecho de las manos una nueva expresión. Esto alimentando a la anterior frase de que las manos nunca están en una posee natural, sino constantemente comunicándose. Ejemplo de ello fue Egon Schiele y el expresionismo austríaco. El primer modelaje 3D de la historia requirió de más de cincuenta años de ingeniería para ser capaz de desarrollar las matemáticas para visualizar una mano rotando.

Por otra parte, es fascinante ver el hecho de que una de las pinturas más primitivas del humano, como la Cueva de las Manos, hayan sido justamente esta parte del cuerpo. También podría decirse que es muchas veces la mano lo que aparece en los primeros momentos de la infancia cuando se empieza a dibujar y pintar, siendo el dibujo de la mano algo casi tan intuitivo como el dibujar en sí. Este contraste en que los seres humanos nos fascinamos por nuestras manos y que las inteligencias artificiales fallen en dibujarlas, es algo que nos permite pensar que o bien las tecnologías están aprendiendo a imitarnos desde un aprendizaje similar a nosotros y con el tiempo llegarán a poder hacerlo, o bien que realmente les faltará un componente anímico que les continuará limitando. Lo cierto es que parece ya un hecho de que para ser capaces de dibujar manos expresivas se necesita de una mente consciente, o eso parece indicar la evidencia personal: seguramente hagan falta otros muchos factores para una mente consciente. El hecho que en sí parece es objetivo es que cuando veamos a un bot hacer una mano expresiva, muy probablemente nos hallemos mas cerca de la consciencia artificial.