Uno de los grandes avances y errores de las ciencias sociales es el desarrollo de la hermenéutica. Según el Diccionario de la lengua española, esto es la 'teoría de la interpretación de los textos'. Digo avance y error porque el ser humano y su obra no solo son susceptibles a la interpretación, sino que la interpretación es más bien inherente a la vida y obra del ser humano. Concretemos esta idea en un ejemplo: cuando hablamos con alguien jamás vamos a asimilar completamente lo que el otro dijo ya que la lengua es un código lingüístico que se interpreta. En esta perspectiva, cuando leemos literatura, no sé si vale la pena decir que tal o cual autor dijo algo. Nosotros somos los que más bien hacemos hablar al autor, lo imbuimos de nuestros sentimientos y experiencias. Le dibujamos el más variopinto paisaje de nuestra memoria, con todos sus claroscuros. Podríamos decir que de allí nace propiamente la hermenéutica: la interpretación de textos. Sin embargo, se observa muchas veces un proceso de objetivación de la hermenéutica: cuando le atribuimos a una persona o a un autor nuestras propias interpretaciones. En esta línea de pensamiento, el psicoanálisis ha contribuido firmemente a la exacerbación de una hermenéutica excesiva. ¿De qué modo?
Sin pretender elevar—o bajar— las ciencias sociales al grado de las ciencias naturales, es hora de desmitificar al psicoanálisis a fin que evitemos su consecuencia más desastrosa: la ausencia de libertad. El Lic. Gerardo Primero afirma que el psicoanálisis es una pseudociencia cuando analiza detalladamente que la teoría presenta numerosas fallas. En primer lugar, el analista no reconoce que el inconsciente freudiano, por ejemplo, es una hipótesis de la teoría, no un hecho. Y al ser este un pilar de la teoría, esta se desmorona fácilmente. Además, el terapeuta se aboca a crear significados bajo la apariencia de causas. "La interpretación se basa en relaciones semánticas o fonéticas, y es tan versátil que permite encontrar siempre casos confirmatorios". Por otro lado, la sugestión es claramente un problema de la teoría que es fácil de ver, ya que el psicoanalista sugiere respuestas a los problemas que el paciente trae a colación. Por último, el psicoanálisis está empapado de un sesgo confirmatorio claro, ya que si hay un buen resultado, es gracias a la teoría; y si no, es porque el paciente ofrece resistencia al tratamiento. De esta manera, se crean significados que explican cada aspecto que no corresponde con lo que el psicoanálisis plantea. Ahora bien, Primero esboza diferentes razones por las cuales el psicoanálisis tiene aún tanta difusión en Argentina. En primer lugar, hay una falta de conocimiento de hipótesis rivales. Esto puede comprobarse en los planes de estudio de las facultades de, a modo de ejemplo, Buenos Aires, Córdoba y Rosario—quienes reciben, con relación a su cantidad de habitantes, una mayor afluencia de ingresantes—: lugares donde esta escuela de pensamiento es hegemónica y hay mucha resistencia a la implementación de teorías alternativas, como la gestáltica, la sistémica o la cognitiva-conductual, las cuales tienen más cabida en otras partes del mundo. En segundo lugar, el psicoanálisis es una teoría muy atractiva. Se quiere acceder a las profundidades de la mente de una forma detectivesca que nada les tiene que envidiar a las otras pseudociencias como la astrología, la apertura de registros akáshicos, las constelaciones familiares y demás chantadas. A ese punto quería llegar.
Observo una tendencia a que las personas encuentran en estas "teorías" un refugio para no hacerse cargo de las decisiones que toman. "Soy de esta manera por un trauma en mi niñez". "Él es así porque así lo han criado". "En mi casa esto funcionaba de tal manera". No niego que las experiencias traumatizantes existan o que la crianza influya en nuestra adultez. Y esto es sumamente contrastable en la infancia: el niño no tiene la fuerza para poder desprenderse del mandato de la familia o simplemente reproduce ciertas conductas por imitación. No obstante, la adolescencia es el proceso en el que uno, por más que a posteriori adhiera a las opiniones de su familia, debe necesariamente tomar distancia de lo reproducido. Es la búsqueda de la identidad, que incluye inherentemente un proceso de diferenciación. Esto es porque el hombre debe ser distinto a los otros. Es en la originalidad donde está la esperanza de cambio y es la autenticidad lo que permite conexiones más profundas con el resto.
En este aspecto creo que la escuela tiene que contribuir a efectivizar este proceso. Philippe Meirieu en su obra magistral Frankenstein educador hace hincapié en la libertad como lo que constituye al sujeto. "Su papel [el del educador] consiste en atribuir incansablemente al niño sus propios actos, sin acusarlo (...)". Meirieu no niega que el alumno tenga en su hogar dificultades que determinen en cierta forma su actitud, pero el rol del docente es "proporcionarle los medios de tomar distancias respecto a lo que vive".
Sin la libertad, caemos en un determinismo fatalista donde somos una copia desteñida de un deseo, una criatura como la del Dr. Frankenstein, un fracaso de la errónea idea de que la parentalidad es una causalidad, o el mito de la educación como fabricación. Cuando nos piden explicaciones de por qué somos como somos, tomemos las riendas de nuestra vida; total, ¿a quiénes les tenemos que rendir cuentas?