“Hay un fantasma que recorre Europa, el fantasma del comunismo” La frase con la que Karl Marx inicia su obra del “Manifiesto del Partido Comunista” y que sobrevive el imaginario colectivo de quienes recuerdan al comunismo como una ideología muy presente en el siglo pasado, hasta la caída del muro de Berlín. Al hablar de comunismo inmediatamente se piensa en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y la tensión que la misma generaba en confrontación a Estados Unidos: guerras en países recónditos y amenazas nucleares de estar al borde de un conflicto global. Aunque eventualmente esta Guerra Fría terminó y con ella una gran posibilidad de una tercera guerra mundial, hoy por hoy parece estar más cerca que nunca el lanzamiento de un misil ruso que acabe con una ciudad entera dentro de la Banana Azul Europea y que desencadene la autodestrucción de las potencias mundiales, y seguramente la civilización humana como la conocemos. Aunque no porque Rusia quiera atentar con el comunismo, sino por querer sobrevivir como el polo de influencia que supo ser, una ex potencia que al igual que un fantasma que vuelve a recorrer Europa desea ser una alternativa de poder en el mundo.
Las actuales relaciones entre Europa y Rusia semejan a las que imperaban en la fase tardía de la Guerra Fría y constituyen uno de los hilos amenazados por el desgarre en el tejido que constituye el orden internacional. Mijaíl Gorbachov (2015), ex presidente de la extinta Unión Soviética, señala que la pérdida de confianza es catastrófica: «Moscú no cree en Occidente, y Occidente no cree en Moscú. (...) Solo falta que alguien pierda los nervios en esta situación, para que no sobrevivamos los siguientes años». Cabe recordar que desde la disolución de la URSS y posteriormente el acercamiento que hubo entre Rusia y Europa hacían pensar en una alianza dispuesta a perdurar por el comercio. Desde ese punto empezaron a surgir al mismo tiempo las tensiones entre dependencias económicas y que distancias se debían respetar entre los ex miembros de la URSS y los países de la Unión Europea. Rusia empezó a sentirse amenazada especialmente desde el 2008 cuando la UE anunció el programa de Asociación Oriental que busca estrechar las relaciones de la UE con las ex repúblicas soviéticas del este de Europa y el Cáucaso («UE: La Asociación Oriental en cifras», 2013); esta intención despertó el enojo del Kremlin. Fueron especialmente las negociaciones con Ucrania, que finalmente debían conducir a la completa adhesión del país a la UE, las que motivaron una agresiva reacción de Moscú.
Por supuesto que el momento esta reacción no se dio en el marco de un conflicto bélico violento, sino que inicio con otras metodologías propias del siglo XXI y guerras virtuales, junto, además, el afán de una guerra fría silenciosa y hasta pareciera unidireccional. Entre estos mecanismos se resaltan el uso de propaganda a través de medios de comunicación rusos como RT y Sputnik; el financiamiento de partidos políticos de derecha- extrema derecha como a Mariane Le Pen en Francia o el más visible: Donald Trump. Otras técnicas empleadas son la estimulación de minorías para la desestabilización de las sociedades europeas y la utilización de ONGs con un discurso prorruso, denominadas think tank, tanque de pensamiento. Aunque el arma más evidente de este fin han sido los hidrocarburos y la dependencia europea al gas y petróleo ruso.
La Unión Soviética había sido por década anteriores la proveedora de petróleo y gas a Europa por cuestiones de precios y cercanía. Tras la disolución de la URSS, Rusia consolidó su control sobre estas redes y fortaleció su influencia a través de Gazprom, firmando contratos a largo plazo y ofreciendo precios competitivos que hicieron del gas ruso una opción atractiva para Europa, especialmente mientras esta buscaba alternativas al carbón. Proyectos estratégicos como Nord Stream 1 y 2 aseguraron rutas directas de suministro, reduciendo el papel de países de tránsito como Ucrania, mientras Rusia aprovechaba su posición dominante para ejercer presión geopolítica, manipulando precios o cortando suministros en conflictos clave. La falta de diversificación energética europea y el uso del gas como arma política permitieron a Rusia mantener una influencia significativa, que quedó expuesta tras la anexión de Crimea y la invasión de Ucrania (2022), momentos en que Europa comenzó a tomar medidas urgentes para reducir esta dependencia y diversificar sus fuentes de energía.
En este contexto último con la invasión de Ucrania, la UE respondió con un plan que no se llega a concretar al día de hoy. «Cuando Rusia invadió Ucrania y convirtió sus recursos energéticos en un arma económica contra Europa, nuestra reacción fue rápida y contundente. Adoptamos el Plan REPowerEU para acabar con la dependencia europea de los combustibles fósiles rusos» declaró la presidenta de la Comisión, von der Leyen. Las consecuencias de estas medidas económicas empujaron a países como Alemania a adoptar nuevas alternativas de energía como la minería de Carbón y la importación de gas licuado desde Estados Unidos, lo que encareció el precio de la energía y trajo consecuencias económicas negativas el Alemania: contracción del PBI por dos años consecutivos. Por supuesto que esta crisis no se explica exclusivamente por la suba de los precios de la energía, sino por otros factores como la falta de adaptación al mundo digital de las industrias alemanas y un mundo que quiere dejar de lado la hiperglobalización.
Alemania es solo uno de los tantos países de la Unión Europea, pero que representa a la misma en el resto del mundo y es la guía de todo un continente, un tambaleo de este país supone un temblor en toda la UE. España por ejemplo tiene una gran dependencia del gas licuado ruso al que todavía puede acceder, pero ante una imposición alemana de prohibir su compra, puede profundizar grietas en la Unión y llevar a procesos de crisis más profundos. Es por ello que todavía podemos suponer que la estrategia rusa de división ha sido muy problemática para Europa y efectiva para Rusia.
Como última instancia de influencia de Rusia le ha quedado la opción violenta: la coerción a través de un conflicto bélico. Cuando se anuncia la inserción de Ucrania a la OTAN, los esfuerzos de influencia, ciberataques y dependencias económicas quedaron en vano para el gobierno de Moscú. Por ello que podemos analizar a la guerra como el último recurso de intento de influencia y poder ruso, la toma de Ucrania responde a ese sentimiento de frustración o sentimiento de amenaza ruso que no permite que los soldados de la OTAN se hallen en su frontera. Algo que ya sucedió en 2014 con la anexión de Crimea, lo cual dio el indicio de las intenciones reales rusas y los mecanismos para actuar en orden de su influencia. La invasión a Ucrania supone un nuevo escalón entre las relaciones de Rusia y Occidente, un escalón que sin embargo no representa a la última opción: un conflicto nuclear.
Las posibilidades de una escalada de ataques nucleares parecen aumentarse día con día, en estas últimas semanas Rusia se encargo de hacer saberle a Europa las posibilidades reales de sus ataques. Empezó con la demostración en televisión nacional sobre la capacidad de devastar al Reino Unido con tres misiles en las ciudades principales, luego con hacer volar un misil sin cargamento nuclear y la demostración de que cualquier ciudad europea puede caer en un intervalo de 10-12 minutos. Estas demostraciones y ruidos parecen responder a un nuevo patrón de combate pasivo pero que dejan la interrogante sobre las posibilidades reales de un ataque nuclear como último recurso de reclamo.
¿Qué esperar del desenvolvimiento del conflicto Rusia-Ucrania? Principalmente la asunción de Trump en enero y las respuestas del financiamiento a Ucrania. Se conoce la afinidad entre Trump y Putin y las declaraciones del presidente electo de los Estados Unidos en materia de la guerra: planea cortar el financiamiento a Ucrania. En este contexto puede preverse un fin del conflicto próximo, en el que probablemente Ucrania sufra un resultado desfavorable: ya sea o por una división del territorio o una anexión plena del país. Mientras tanto estar atentos a las nuevas medidas como la habilitación de Biden para la utilización de misiles norteamericanos sobre Rusia que incendien la pólvora o ya la inminente invasión masiva que se especula que pueda suceder en Kiev en las próximas semanas.