Identidad y Convivencia, Ciudadanía y Participación, Instrucción Cívica, Estudio de la Realidad Social Argentina, Ciudadanía y Política, Formación Ética y Ciudadana… son algunos de los varios nombres que ha recibido la educación cívica en el currículum del estudiante argentino. Ahora bien, si son distintas formas de lo mismo, ¿por qué reciben nombres distintos? Para responder a este interrogante, recurriremos a la construcción histórica del concepto de la ciudadanía, su parentesco con la política; las formas tradicionales de su enseñanza en Argentina y las tensiones que han hecho que la ciudadanía sea, en lugar de una disciplina estable, o al menos continua; una materia metamórfica, lo que requiere que la analicemos y revisemos periódicamente so pena de convertirse en una enseñanza cristalizada que rehúsa del propósito del que ha sido investida.
Ciudadanía y PolíticaHenos aquí dos palabras que, a simple vista dispares, tienen un origen etimológico similar. En primer lugar, la ciudadanía, definida por el Diccionario de la Lengua Española (DLE) es 'la cualidad y derecho de ciudadano' y el 'comportamiento propio de un buen ciudadano'. Este vocablo proviene del latín civis, que es como se le llamaba a la ciudad. La política, en contraparte, es la 'actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo'. En este caso, esta es una voz de origen griego, que remite a polis, el término referido a las ciudades-Estado balcánicas de la Antigüedad. Entonces, podemos distinguir que, mientras que ciudadanía refiere a una característica o comportamiento del miembro de una comunidad, la política, habla de la actividad que realiza el ciudadano. Sin embargo, aún no hemos aclarado qué se entiende por esta actividad más allá de la intervención en los actos públicos, o bien qué es a lo que nos referimos cuando hablamos de una "dimensión política".
Antonio Campillo nos advierte que el concepto de la política es equívoco en cuanto tenemos un sentido restringido y un sentido amplio del mismo. El primer sentido es el que acabamos de utilizar; es decir, un tipo particular de relación social que delimita otras formas de relación, como el parentesco y la economía. Ahora bien, estas tres relaciones están articuladas por un universo simbólico llamado cultura. La cultura, entendida como una construcción cambiante, es el terreno propio de la política, entendida en un sentido amplio. Dicho de otro modo, tanto la política como el parentesco y la economía son susceptibles a una discusión permanente —y hasta inconsciente — que está englobada en la cultura, a su vez sensible a estas discusiones. Esta discusión es el quid de la convivencia humana, lo que hace a la política (l.s.) como un rasgo inherente al ser humano. Esto es, según Schujman lo que diferencia al ser humano de otros animales sociales, como las abejas y las hormigas: "los seres humanos, en cambio, inventamos formas de organización, (...) distintos tipos de sociedades y, con nuestras acciones, transformamos la sociedad de la que somos parte. La novela El señor de las moscas, de William Golding, es un claro ejemplo de cómo el ser humano naturalmente necesita organizarse para sobrevivir, aunque el tipo de organización, en cambio, depende de las decisiones que se toman y del juego de poder entre los miembros de la comunidad.
A lo largo del tiempo, la ampliación de lo político mediante revoluciones y movimientos sociales es reflejo de la lucha entre estas dos formas de entenderlo, como dos caras de una misma moneda.
A partir de estas consideraciones, podemos inferir que mediante el ejercicio de la política se logra la condición de ciudadanía, si nos enfocamos en una perspectiva republicana, donde ser ciudadano no es simplemente nacer en una comunidad sino participar de su construcción. Como veremos más adelante, es esta vertiente la que ha predominado en el ideario de la educación argentina, de ahí la existencia de la instrucción cívica, entendida esta como una construcción activa del alumno en sociedad. Esta concepción no está desprovista de tensiones que configuran la educación ciudadana.
La educación cívica en ArgentinaSegún Romero, la Educación Ciudadana se diferencia de otras disciplinas como la Historia o la Geografía porque estas deben articular una lógica prescriptiva con una científica. En cambio, la lógica prescriptiva predomina en la educación cívica porque esta no es una ciencia, sino la transmisión de ciertos valores para nada estáticos. Esta materia cambia no solo de nombre porque la misma concepción que se tiene de ciudadano es variable según la época—y el gobierno de turno—.
Una de las partes de esta instrucción se refiere a la enseñanza de los componentes del sistema institucional, como el aprendizaje de la Constitución Nacional; y la otra es referida a lo que constituye el ideal de "ser argentino". A lo largo de la Historia, los distintos gobiernos han dejado en claro la tensión entre estos dos conceptos de lo político. Para Sarmiento, la distinción entre civilización y barbarie es muy notoria. Plantea que la educación es la única manera de sacar al pueblo del atraso en el que se encontraba desde la conquista española, de ahí su proyecto civilizador. En cambio, para Alberdi, era la economía lo que fundamentalmente iba a cambiar la mentalidad de los habitantes mediante la llegada de inmigrantes. Para él la educación de los pobres era un riesgo de subversión. La tradición republicana, en la que se inscribía Sarmiento, logró imponerse frente al liberalismo alberdiano, dos formas de entender lo político: una generalizada y otra más restringida. Asimismo, los gobiernos sucesores tenían ideas disímiles sobre qué educación debía ser impartida. Por ejemplo, cuando la ley Sáenz Peña entró en vigencia, los contenidos de esta materia comenzaron a incluir el derecho al sufragio; y a partir de 1950, los contenidos estaban fuertemente inscritos en una doctrina peronista. En la dictadura de 1976, se observa una tendencia anticomunista y una restauración a los valores "originales" del ciudadano argentino, en oposición a la realidad represiva que el gobierno ejercía a los sectores opuestos a su ideología. Podemos constatar, entonces, que siempre los gobiernos prestaron especial atención a la enseñanza de la instrucción cívica como forma de legitimar la forma que la sociedad que se quería lograr.
ConclusiónA lo largo de este trabajo hemos constatado que la educación ciudadana no ha sido nunca neutral e incluso está impregnada de tensiones que remiten al significado que tiene la ciudadanía y la política. Consideramos fundamental advertir que esta tensión entre los dos conceptos de lo político tiene su proyección en la realidad concreta de la educación escolar en general. Siede lo explica como una discusión entre el optimismo y el pesimismo. Por un lado, el optimismo excesivo es creer que la escuela es una institución ideal, productora de cambios que de ninguna manera están relacionados con el orden social vigente. En oposición, el pesimismo es pensar que la escuela meramente reproduce, como dijera Bourdieu, las desigualdades existentes, por lo tanto no tiene sentido seguir pensando en formas de educar al ciudadano. La solución, según Siede, sería adoptar un "optimismo crítico"; es decir, inscribir al sujeto en la cultura pero no sin fomentar ninguna discusión y recreación de lo que la escuela enseña.
Desde nuestra perspectiva, la solución no es adoptar un sentido restringido de la política ni tampoco repolitizar todos los aspectos de la vida en sociedad, sino aceptar que la política es y siempre será un diálogo entre estas dos concepciones. Esta discusión debe inscribirse en la educación ciudadana que, seguramente, seguirá teniendo su naturaleza metamórfica al calor de las transformaciones de la sociedad; ya que la instrucción cívica es un reflejo de la comunidad y esta es, a la vez, producto de la educación que se le imparte.