La pampa húmeda: el pueblo, el obrero y el patrón

A veces basta con mirar al horizonte para averiguar en que cree un pueblo

Imagen de ejemplo
"Libertad de expresión" (1943) – Norman Rockwell Una escena simple, pero poderosa: un ciudadano común alza la voz en una reunión pública. Esta pintura nos recuerda que toda forma de poder —incluso el que se presenta como protector— debe ser interpelada. La libertad de disentir es el límite natural del paternalismo.

«El hombre no puede vivir sin arrodillarse; no se soportaría, ningún hombre sería capaz de ello. Si rechaza a Dios, se arrodilla delante de un ídolo, de madera, o de oro, o imaginario. Todos son idólatras, y no ateos, así es como hay que llamarlos». Fiódor Dostoievski, El adolescente

El horizonte en los pueblos no está hecho de edificios: está hecho de cultivos. Y eso dice mucho. El paisaje habla. Y lo que dice no es solo tierra: son hectáreas de fe en la producción agrícola, de esperanza sembrada en el campo, de una confianza casi ciega en que sembrar hoy asegura el mañana. Como en Plata Dulce (1983), resuena el viejo «con una buena cosecha nos salvamos todos».

Ese horizonte verde, ancho y sereno es una forma de paternalismo: creer que la naturaleza, el clima, la tradición y el patrón sabrán cuidar de todo. Que somos una excepción en un país comprometido por crisis cíclicas, sostenidos por una agricultura que «siempre nos mantiene en pie».

Y así no solo nos engañamos creyendo que todos progresamos, olvidando a quienes no viven del campo y padecen las dificultades ...

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