«El hombre no puede vivir sin arrodillarse; no se soportaría, ningún hombre sería capaz de ello. Si rechaza a Dios, se arrodilla delante de un ídolo, de madera, o de oro, o imaginario. Todos son idólatras, y no ateos, así es como hay que llamarlos». Fiódor Dostoievski, El adolescente
El horizonte en los pueblos no está hecho de edificios: está hecho de cultivos. Y eso dice mucho. El paisaje habla. Y lo que dice no es solo tierra: son hectáreas de fe en la producción agrícola, de esperanza sembrada en el campo, de una confianza casi ciega en que sembrar hoy asegura el mañana. Como en Plata Dulce (1983), resuena el viejo «con una buena cosecha nos salvamos todos».
Ese horizonte verde, ancho y sereno es una forma de paternalismo: creer que la naturaleza, el clima, la tradición y el patrón sabrán cuidar de todo. Que somos una excepción en un país comprometido por crisis cíclicas, sostenidos por una agricultura que «siempre nos mantiene en pie».
Y así no solo nos engañamos creyendo que todos progresamos, olvidando a quienes no viven del campo y padecen las dificultades ...
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