¿Ojos que no ven, paladar que siente?

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Los fines de semana son un pequeño resquicio por el que nos metemos para olvidar los horarios, el papelerío, las obligaciones, las horas de sueño, la comida… y la lista podría seguir. Nos sentimos abrumados pero cuando llega el viernes a la noche no sabemos qué hacer. Las películas que ya vimos, conversaciones que ya oímos, los restaurantes son siempre los mismos. ¿Probar algo nuevo? Habría que ver. Eso decimos. Pero mejor habría que probar, y degustar.

Cuando cumplí años, un grupo de amigos me regaló la suscripción al club del vino en Hibiscus, una vinoteca en General Cabrera donde no tenía la costumbre de ir: se encuentra al otro lado de las vías y la excusa es que queda a trasmano. Cuando finalmente decidí llegarme hacía frío fuera, era el mes de agosto y tenía ganas de quedarme en casa. Al ingresar, un aroma a madera me hizo recordar a mi infancia, cuando con mi papá íbamos al campo a buscar leña para la estufa del hogar. Esa parte de mi casa apenas si estaba modificada: todo allí pertenecía al anterior dueño de la casa, como el leñero de cobre donde depositábamos los troncos recién cortados. La única protección era un tejido tríptico que no permitía que el humo invadiera la sala pero el aroma a quebracho lograba escaparse y llegar hasta nosotros, que estábamos leyendo al frente de la fogata. Si bien las salamandras—con la que supimos reemplazar la estufa—son seguras, nos han impedido sentir ese olor...

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