La diversidad educativa es un concepto que se utiliza bastante en la actualidad, especialmente en los actores sociales que componen la escuela. Es importante resaltar a qué se refiere en el ámbito de la educación y sus representaciones, críticas y todo lo que conlleva atender a la diversidad. Es una tarea ardua y compleja pero no imposible.
La diversidad educativa se refiere a las diferentes características y estilos de aprendizaje que representan a los estudiantes. Esto nos obliga a pensar, reconocer y respetar la singularidad de cada uno. Intentar trabajar en red con familias, docentes, directivos en pos de favorecer los procesos del alumno, sin centrarse en que la problemática es exclusiva del sujeto.
El desafío es correr la mirada en el diagnóstico —que en muchos casos sólo etiquetan— y promover el acompañamiento del estudiante centrado en el sujeto en situación, en la interacción social —en este caso en el contexto escolar—.
La escuela es un espacio donde se generan lazos de afecto, emociones y que hay que permitir expresar. Muchas veces esto se deja de lado, ya que se abocan a cumplir con las exigencias de la propia institución, dejando de lado la singularidad del sujeto; es decir, los sentimientos que prevalecen en él.
Es necesario renunciar a la búsqueda de diagnósticos, como si la identificación formal de un trastorno permitiera, por sí sola, la comprensión de la situación, ya que frente algún desafío en un alumno intervienen no un solo factor sino un conjunto de factores distintos y heterogéneos —su equipamiento neurológico, genético, psicológico, cognitivo, su historia relacional, su grupo familiar y socio cultural—. Dado que el niño en su desarrollo se apropia de un conjunto de recursos y restricciones. Se puede lograr que ese desarrollo sea más armonioso si intervenimos en dicho conjunto. Por lo tanto, en vez de limitarnos a identificar la naturaleza de un trastorno, es preciso comprender las situaciones que han experimentado y aquellas que podrían favorecer su equilibrio. Son necesarias todas las posibilidades que ofrece el trabajo en equipo en un esfuerzo para proponer nuevas alianzas y ofrecer respaldos inéditos.
El aprendizaje, como la participación, se producen en la situación y es la situación la que los explica —aunque sus efectos puedan constatarse en los sujetos individuales porque no hay posibilidad de explicar la subjetividad por fuera del lazo social—. Es importante considerar la singularidad de una situación y la forma particular en que cada uno de sus elementos se combina para que algo diferente se genere.
Una ayuda para quien lo necesite, o compensar carencias, significa recuperar la responsabilidad de la escuela en tanto institución social que puede potenciar horizontes simbólicos para los sujetos y procurar modos alternativos de participación.
Con la participación conjunta se produce conocimiento colectivo: una forma particular que se construye para una situación, que difícilmente pueda generalizarse porque adquiere sentido en su singularidad. Asimismo, la importancia de que los docentes intervengan, de ser parte, implicarse, de producir algo diferente para que la enseñanza y aprendizaje tengan centralidad en la escuela.
Es necesario revisar estrategias y modos de hacer; esto significa considerar la apertura de un trabajo en red, teniendo en cuenta las interacciones que se producen para poder abordar una necesidad educativa. En el caso de los psicopedagogos, requieren ayudar a pensar con los docentes, en construir andamiajes que faciliten y promuevan un aprendizaje significativo para aquellas personas que tienen diferentes modos de aprender y así poder aceptar las diferencias.
Con una perspectiva que abarca la subjetividad y el contexto de la persona, esto nos hace pensar en las posibles estrategias que se le puede brindar a los docentes y familias, para ayudar a transitar el proceso de enseñanza y aprendizaje con mayores recursos y promover el trabajo en equipo.
Intervenir desde una mirada inclusiva...
El desafío es entender que más allá que la demanda tenga un componente individual, no debemos olvidarnos que nuestra intervención debe ir mucho más allá de una individualidad recortada de sus contextos y territorios. Debemos tener presente el componente institucional que juega una parte muy importante en la producción de sostén y acompañamiento. Ahora bien, ¿cómo hacemos para acompañar, sostener las trayectorias reales de los estudiantes y así garantizar el derecho a la educación?
Consideramos que resulta de suma importancia reconocer la singularidad de los sujetos, sus trayectorias de vida reales, pero siempre de forma articulada a su contexto; esto implica ampliar nuestra mirada, y pensar a cada estudiante como parte de un entramado en donde necesariamente la trayectoria de vida y trayectoria educativa van de la mano. Entendemos a la trayectoria educativa como un camino en construcción constante, no como algo fijo, determinado y lineal, o un camino a «modelar» sino aquel camino que puede requerir de otros tiempos, otras rutas, otros recursos. Esto requiere pensar en conjunto con los agentes educativos, diseñando un acompañamiento que involucre un pensamiento colectivo y no simplemente una propuesta adaptada a un grupo reducido de alumnos. El objetivo es conocer y debatir estrategias con los docentes; observar y destacar las potencialidades y barreras en las trayectorias de los estudiantes, de modo que se construyan propuestas de enseñanza que respondan a las particularidades de los aprendizajes. Es decir, un trabajo en equipo que promueva intercambiar ideas, pensar y hacer entre todas las partes, con el objetivo de que todos los estudiantes sean alojados en la escuela e instituidos como alumnos, evitando la exclusión escolar que se hace eco de la exclusión social.

Entender las trayectorias escolares desde esta perspectiva nos brindará la posibilidad de intervenir en esos recorridos educativos, no esperando la adaptación a un único modo de hacerlo, sino diversificando lo que las instituciones ofrecen.
Es importante repensar la relación entre enseñante y el aprendiz desde la reciprocidad, en una asimetría no jerarquizada. En este caso, se habla de una autoridad emancipatoria, donde el/la docente habilita y acompaña. Es decir, la enseñanza implica la emancipación del estudiante, se resiste la idea de desigualdad y jerarquía como único modo de pensar el vínculo pedagógico y, en cambio, toma la igualdad como punto de partida, para verificar la autoridad, en cada situación, en cada modo de enseñar, de decir e interpelar, de hacer con el estudiante. Las trayectorias educativas hoy no pueden pensarse sin una articulación de sentido con las trayectorias de vida de los/as estudiantes. Escuelas y estudiantes, escuelas y familias se acercan cuando repiensan los modos de acompañar a los/as niños/as y adolescentes en su formación como sujetos.
Acompañar es, fundamentalmente, ofrecer posibilidades, buscar recrear situaciones y crear condiciones donde se vuelva vivificante conocer, aprender, construir con otros/as, convivir democráticamente, debatir, hacer escuchar la propia voz, escuchar a otros/as. Necesitamos para ello concepciones diferentes a las habituales de lo que implica aprender y convivir en la escuela, enseñar, ejercer la autoridad, intervenir ante problemáticas específicas, acompañar a otros/as en sus procesos de subjetivación, construir espacios democráticos e igualitarios.
Reflexiones acerca de las miradas y las prácticas educativas… ¿Inclusivas o excluyentes?
En cuanto a las intervenciones institucionales y las prácticas áulicas en relación a los estudiantes que aprenden de otros modos y en tiempos no acordes a lo esperado. En el quehacer cotidiano de nuestra profesión, en las instituciones educativas, suelen escucharse opiniones, con poco o casi nulo fundamento, acerca de la situación escolar de los alumnos que no están en el nivel esperado o considerado satisfactorio; al tiempo que se asocia la causa de esta situación a las dificultades individuales de dichos alumnos y haciéndolos responsables de su propio fracaso, otorgándoles una etiqueta estigmatizante difícil de deshacer a futuro. Las consecuencias son muy negativas y una de ellas es la deserción, que visibiliza solo la descripción de las debilidades de tal alumno y lo que no pudo lograr, sin tener en cuenta qué estrategias se utilizaron o adecuaron para tal situación, si es que se realizó este tipo de ayuda. Por ello, es necesario reflexionar acerca de lo que se espera y se entiende por éxito y las posibilidades que se brindan para aprender, no sólo en cuanto a tiempos, métodos y herramientas sino a partir de considerar la singularidad de cada persona y el potencial que puede desarrollarse o no, desde los vínculos que se construyen, identificar un modo distinto de aprender no se verá como un obstáculo sino como una posibilidad en la búsqueda de nuevos caminos para el desarrollo del sujeto.
Trabajar en pos de identificar las representaciones de los docentes y otros miembros de la comunidad educativa, nos permite conocer la predisposición y apertura o no a la novedad y a promover cambios en beneficio de todos los estudiantes. La realidad de algunas instituciones educativas refleja prácticas que no siempre son inclusivas y aún persisten miradas que promueven actitudes discriminatorias, que suelen pasar desapercibidas por la naturalización de las mismas. En muchas ocasiones, la falta de dispositivos o estrategias por parte del cuerpo docente conlleva a delegar la responsabilidad en otros agentes y tomar decisiones excluyentes y estigmatizantes si no se realizan del modo adecuado.
Es necesario desnaturalizar el dispositivo escolar —entendido como único posible y compatible con el desarrollo deseable y esperado del niño— y desnaturalizar la pretendida homogeneidad de los sujetos siguiendo los mismos ritmos y cumpliendo al mismo tiempo, las mismas metas educativas.
Todavía existe un mandato homogeneizador —pero cada vez en menor medida— que sostiene que todos los niños deben aprender lo mismo en el mismo lapso de tiempo, ofreciéndoles el mismo tratamiento educativo con la idea de asegurar la igualdad de oportunidades. Sin embargo, esta idea de igualdad pierde veracidad cuando algunos estudiantes no progresan de acuerdo a lo esperado. Este es el caso de los estudiantes que llegan al secundario sin estar alfabetizados, con experiencias caratuladas como fracasos y/o padecientes de dificultades de aprendizaje sin nombrarlos por su nombre en primer lugar, a lo largo de su trayectoria escolar.