Yo conocí a Kenya

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Foto de Kenya

Llevo transitando los vaivenes de esta vida más de seis décadas y media, y creo tener la suerte de apreciar y experimentar algunos cambios de pensamiento en esta sociedad compleja.  Una de esas transformaciones fue visibilizar la cautividad de la fauna silvestre, producto del trabajo titánico de instituciones con mucha valentía y más empatía por animales prisioneros del ego humano. Las redes sociales mostraron y muestran la tristeza de mamíferos, aves, reptiles, peces, que con sus ojos tristes y resignados piden a gritos una salida, un océano, una selva, una pradera, árboles, ríos, montañas, pasturas, lagunas, bañados, porque sus cárceles de cemento aniquilan sus energías, y allí estábamos nosotros con nuestros hijos y en mi caso, mis alumnos, visitando acuarios, zoológicos, serpentarios, mundo marino, sin percatarnos del dolor, sin reflexionar sobre las condiciones antinaturales que presenciábamos. Hablo en tiempo pasado, porque por suerte, agradezco la claridad aportada por los movimientos sociales y organizaciones por los derechos animales que me acicatearon el pensamiento. 

Vivo en esta ciudad que me alberga desde que nací, General Cabrera; y por aquí pasó Kenya en su viaje desde el Ecoparque de Mendoza al Santuario de Elefantes en Brasil. Una de las radios locales, La Voz de la Amistad, registró su paso hacia la libertad. Cuando la noticia apareció ante mí, como en efecto dominó, se agolparon los recuerdos y, como si se esclareciera mi entendimiento, como si se corriera un telón, tomé conciencia de que conocí a Kenya en mi primera visita al otrora Zoológico de Mendoza, allá por 1996, en un viaje de estudios de alumnos de sexto grado del Instituto Sup. Jerónimo Luis de Cabrera, en el que me desempeñaba como docente del segundo ciclo. A partir de esa primera vez se fueron sucediendo año tras año las visitas a esa ciudad, de la mano de Huentata, la empresa que ofrecía el servicio. 

Darme cuenta de que Kenya era conocida para mi y para mis hijos y mis alumnos, que la presenté a los niños, le hablé de las características de estos seres magníficos —que seguramente lo hice muy entusiasmada registrando esa realidad como normal, acorde, típica, común, que digo muy natural para nosotros los humanos, y tan cruel para Kenya—  me hizo sentir una velada vergüenza. 

Vertiginosamente abordé las publicaciones del lugar de destino, de los antecedentes de Kenya, de otras historias de elefantes en cautiverio, y cada vez que accedía a los videos en vivo de sus cuidadores, de sus acompañantes, de los avances en la ruta, de su estado, de sus preferencias, me fue embargando una emoción liberadora, una corriente de empatía hacia los responsables de esta odisea del bien.  Y es en este apartado donde las redes sociales se convierten en verdaderos canales de transformación social, estos son los hitos de los avances tecnológicos, los que pueden cambiar el pensar y el sentir de los ciudadanos del mundo, los que como yo pueden decir: «hoy, he cambiado, me he dado cuenta que evolucioné, que crecí, porque pude revertir mi estar en el planeta siendo responsable, siendo consciente».

Seguí el derrotero de Kenya hasta el Santuario, fui acompañándola, ella no lo sabe, pero envié toda mi energía para que aguantara su caja, el largo trayecto, la tuve en mi pensamiento a cada momento, me pregunté varias veces si mi dependencia emocional a esa realidad era normal, y me contesté a mi misma, sin temor a equivocarme, la «normalidad» ha generado demasiado dolor en humanos y en animales, por ello bienvenidos mis emocionados sentires hacia esta chica cuarentona que hoy vive libre derribando algunos árboles, rascándose cada vez que lo quiera hacer en troncos y no en ladrillos, bañándose en barros que saben a gloria. 

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Mi seguimiento dio sus frutos, fui adentrándome en un gran caudal de información relacionada, aprendí muchísimo, disfruté del trabajo de las personas que con tanto cuidado, placer y profesionalismo fueron artífices de esta epopeya. No todo está perdido mientras personas como el equipo de Kenya ande por el mundo salvando paquidermos prisioneros: gestores, conductores, veterinarios, transportistas, encargados de las redes, de los alimentos, de la higiene, mientras haya raros humanos que crean viajes a santuarios hay una luz de esperanza. 

La ternura fue la reina de este viaje de miles de kilómetros, la esperanza fue la bandera, y la fuerza y el amor por hacer un mejor planeta es la cruzada. Digo, orgullosamente, que vivo en un país que ya no cuenta con elefantes en cautiverio y que conocí a Kenya, la última paquiderma que estaba prisionera, ya no lo está, esta garota anda libre por tierras coloradas en el vecino país.