Los datos estadísticos no hablan por sí solos sino que somos nosotros quienes los hacemos hablar. Y aún más: somos quienes los producimos y elegimos los criterios que arrojan tales datos.
Ya están listos los resultados de las pruebas APRENDER, realizadas en 2024 en los niveles primario y secundario. En el nivel primario, del cual hablaremos hoy, solo un 45,1% de los alumnos comprende lo que lee. En Córdoba, solo un 58,8%, frente a lo que el gobernador, Sr. Martín Llaryora, exclamó que los resultados «nos llenan de orgullo».
Pierre Bourdieu, en un panel del programa Apostrophes, del 10 de mayo de 1985, discutía con sus contemporáneos sobre la enseñanza de la lectoescritura. Decía que los académicos y políticos no debían confundir lo elemental con lo rudimentario; es decir, si definimos que el objetivo de la escuela primaria es la enseñanza de la lectoescritura, el 100% de las personas estarían de acuerdo. «Habría que llegar a un consenso del 60% pero a un nivel más elevado».
No obstante, me sorprendí notablemente cuando en la Escuela de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Córdoba, cuando los alumnos de la clase de Epistemología se mostraban escandalizados por los resultados de las pruebas APRENDER, la profesora encargada interrumpió con lo siguiente:
«¿Cuál sería la importancia de que un chico sepa leer en el primer ciclo?» Uno normalmente pensaría que las mejores mentes están en la universidad. Son los egresados de dicha casa de estudios los que no solo educan sino que dirigen la política educativa en los ministerios, por ejemplo. ¿Cómo no vamos a tener estos resultados en las pruebas si hay gente que aún se pregunta por la importancia de la lectura? Frente a estos dichos aberrantes, me consuela pensar que serán los menos quienes piensen así, y me refugio en las palabras de Paulo Freire, que impulsó un plan alfabetizador en Brasil cuando consideraba que el analfabetismo era una forma de opresión. Uno cuando es capaz de leer es libre de que otros lo lean o peor, que lo escriban.
Volviendo a las pruebas, no es el objetivo de este artículo sacralizarlas— ya que son totalmente falibles— ni compararlas con resultados anteriores, puesto que los criterios que se han elegido en el 2024 son muy diferentes a los de la edición anterior de 2016, según el Ministerio de Capital Humano. La meta de esta reflexión es ver cuál puede ser la salida a este embrollo que es el analfabetismo.
La forma en que se ha aprendido a leer en el siglo pasado es radicalmente diferente a la de ahora. Podemos englobar a los métodos de enseñanza en los estructurados —como la palabra generadora, el uso del silabeo (mi mamá me ama, me mima, etc.) y los que proponía el didacta Jan Amos Comenio en su obra Orbis en 1658— y los globales o psicogenéticos, mejor llamados constructivistas, ya que plantean un uso del lenguaje a partir de lo que el alumno construye en el entorno. En la teoría, los métodos constructivistas son muy nobles, pero no son susceptibles de proveer a los docentes una dirección clara frente a qué enseñar y tampoco de fijar objetivos a los alumnos. De tal forma, un alumno que no aprenda a leer en primer grado, lo hará en segundo o en tercero; y de esta forma nos encontramos con alumnos en edad adolescente sin comprensión lectora, bajo el pretexto de que la repitencia es una manera «violenta» de tratar al alumno. En mi opinión, mucho más violento es incluirlo en los niveles superiores al alto precio de que «se excluya solo» al no comprender el código elaborado que caracteriza —y debe caracterizar— a los más altos niveles de enseñanza.

Lo que sucede luego es que los profesores deben bajar la exigencia para adecuarse a los alumnos que no tienen el nivel esperado, bajando la calidad de la enseñanza.
Si bien los problemas de alfabetización pueden responder a características del sujeto —como lo son la dislexia, por ejemplo; o situaciones familiares—, me parece clave resaltar el carácter institucional o del dispositivo escolar, ya que en efecto, no son casos aislados sino sociales y estructurales.
Basil Bernstein, sociólogo y lingüista, es quien diferenció los códigos «elaborados» y «restringidos» y los trasladó a la parte educativa, en la cual afirma que en una escuela se trabaja un código elaborado que un niño de la clase obrera, por ejemplo, no podría comprender, y esto se traduciría en «fracaso educativo».
Florencia Salvarezza, especialista en lingüística y alfabetización (INECO), afirma que los métodos constructivistas favorecen solo a aquellos que tienen un universo lingüístico en casa, ya que construyen sobre eso. Los niños que están desfavorecidos por ese factor «cuna», necesitan un método más estructurado para aprender a leer.
Salvarezza menciona a modo de ejemplo los casos de Misisipi, EE. UU., y Ceará, Brasil; que tenían pésimos resultados en lectoescritura y, al cambiar de un método global hacia uno estructurado, pasaron a tener los mejores resultados de la región. La base de su tesis es la evidencia científica, que reconoce que está poco presente en las decisiones educativas: «La “guerra de métodos” se da en la discusión política, una discusión a nivel de políticas educativas. A nivel de investigación científica, no hay tal guerra o tal discusión: hay evidencia para unas cosas y no hay evidencia para otras».
Sin objetivos claros y métodos confiables, no habrá manera de que una persona aprenda a leer en tiempo y forma. Recordemos que estamos preparando a la generación que protagonizará las próximas décadas.