La importancia de la lectura en nuestras vidas es crucial, es uno de los indicadores más importantes para determinar la escolarización, también sirve para conocer con mayor profundidad una verdad de la que no se habla, la cual está silenciada bajo toneladas de libros y cientos de miradas sospechosas. Sin embargo, la escritura no es lo único que puede ser leído y la lectura de libros no es la única habilidad para desenmascarar la verdad escondida. Se pueden leer las ciudades, las personas en ellas, las distintas situaciones, las conversaciones, los gestos, las miradas, las culturas.
Entonces, estamos constantemente inmersos en la lectura en distintos aspectos: en esta búsqueda constante de la verdad y de la sabiduría, verdad que, lejos de ser absoluta a todas estas facetas de nuestras vidas, y que representa sólo un conocimiento mínimo hacia una historia y verdad infinita. A veces mientras más leemos y tratamos de descifrar el trasfondo de una situación o personalidad nos encontramos con un espejo; es decir, la lectura que creemos que hacemos en búsqueda de una verdad externa se transforma en un encuentro con nosotros mismos, por que a pesar de que leamos los mismos libros, nuestras interpretaciones son distintas; no es más que un reflejo de nuestra mente, ideas y la manera en que queremos ver al mundo.
En este proceso de lectura, encuentro fascinante leer e interpretar distintas personalidades, he encontrado fascinante descubrir patrones —al comienzo sin sentido—, hasta que más tarde en alguna plática entre cigarrillo y mate logró descifrar el porqué de dicho patrón; pero hay un aspecto de esta lectura que involucra un aspecto importante —a mi parecer— este es la energía que emanamos, contenemos o liberamos.
No estoy muy segura de si las energías se leen, quizás porque nos generan algo que no es posible verbalizar y, por lo tanto, no es posible leer algo que no está hecho de códigos. Sin embargo, a pesar que el lenguaje fue inventado hace 50.000 años, estamos obsesionados con él, pensando que no hay otra forma de comunicarnos excepto a través de la lengua y estaba muy convencida de ello.
Hasta hace muy poco tiempo, rondaba en mi mente el hecho de que no sería posible crear una conexión con una persona angloparlante; que más allá del nivel de inglés había un paso agigantado entre comunicar hechos y expresar sensaciones; que en medio de relato y relato las palabras dichas también generan cierto alivio al decirlo; no pasa lo mismo con decir algo en inglés con una pronunciación muy distinta; por ejemplo en una situación de enojo comúnmente podría decirle a una persona: «Sos un pelotudo» y la «p» del principio genera una sensación muy grande de alivio parte del enojo; por lo contrario en inglés podríamos decir “idiot” pero la forma de pronunciarlo hace parecer una palabra suave, por lo que al decirlo no produce lo mismo.
Por otro lado, más allá de la lengua en sí, existe un abismo cultural haciendo referencia al conjunto de vivencias, costumbres de cada uno, entre tantos otros aspectos.
Por algún tiempo, he estado muy cerrada a la idea de que la conexión con personas que no hablaran español por lo general sería insignificante, como si no pudiesen sentir tanto como yo o como si su lengua o cultura no les permitiese al mismo nivel que en español nos deja asimilar cada sensación. Pero luego de recurrir por un tiempo a dicho pensamiento, este me pareció absurdo, porque a pesar de que haya un patrón entre los anglo o hispanohablantes, cada quien es distinto. y aun así, si la regla estuviese muy establecida, abrirse a la posibilidad de crear algún vínculo con alguien quizás opuesto a uno sonaría una experiencia única, ya que desafía a expandir tu realidad.

Finalmente, me encontré con mi primera amiga angloparlante de Oklahoma, Autumn —lo que significa 'otoño' en español y la identifica perfectamente por su cabello color colorado—. Quizás mi amistad con ella no es como una amistad con alguien hispanohablante —ella no entenderá de cumbia, jugar al truco o domingo de asado— pero aunque me encanta tratar de verbalizar e interpretar de forma casi matemática todo, su vibra y su alegría en cada charla y mate hacen que todo el libro que creo en mi mente se haya reescrito, donde en esta oportunidad la lectura de mi versión pasada se ve afectada y, en realidad, no solía ser una persona tan abierta de mente como creía; de todos modos pude desarrollar una lectura no solo de las personas alrededor mío, sino de “myself”.