Entre letras y pancartas

Morto per la libertà

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A veces siento que tengo una ciudad entera atrapada en la cabeza: manifestantes en las plazas, incendios en las avenidas, discursos imposibles en todos los balcones. Escribir es la única forma de desalojarla. Es mi modo de evitar que todos esos pensamientos se organicen, se armen, tomen el poder y me impongan una tiranía interna. Por eso, cada tanto, los dejo salir. Caen como por un tobogán a través del lápiz y se aplastan contra un papel frío y blanco, listas para un viaje a lo a lo desconocido. Pero son inocentes: no saben que al reunirse en oraciones, en párrafos, serán juzgadas. No saben que se pondrán frente a un escuadrón de fusilamiento llamado lector, que tarde o temprano, quiera o no, juzgará no sólo las palabras, sino lo que hay detrás de ellas. Y con cada palabra que entrego, una parte de mí se va, se pierde, se expone. Llega desnuda a ojos extraños que interpretan lo que mi mente apenas susurró a mis ideas. Ideas que, golpeadas por la caída en el lápiz y estrelladas contra el papel, ya no son lo que eran. Se filtran, se deforman, se traducen mal. Y aun así, ahí están. Y yo, condenado a esta necesidad casi vital, me muestro como soy: fragmentado, contradictorio, imperfecto. Porque un escritor, un verdadero escritor, escribe lo que es. Porque en cada personaje ficticio hay una sombra suya, en cada tilde y cada coma hay una huella de su ser.

Una voz que quiere ser escuchada, pero no entendida. Porque todo escritor —al menos el que se entrega de verdad— le teme a ser comprendido. Exponerse tanto como para volverse transparente, dejar de ser único y convertirse en apenas un buen manipulador del idioma: alguien que acomoda palabras con elegancia, pero sin esencia. Y en ese bucle eterno de dar y perder, cada vez que nos miramos al espejo somos un poco menos. Escribimos para compartir lo que somos, pero en el acto vamos vaciándonos. Como una gota lenta, tibia, que cae sin apuro pero sin pausa, entregamos lo que queda de nosotros a cambio de que alguien lo lea, lo recoja, lo traduzca. Nos vamos quedando vacíos, un trazo a la vez.

Y así, nuestros textos se vuelven como manifiestos de una muerte lenta, prematura. Una herencia incómoda, una advertencia para el que venga detrás: que sepa que escribir puede salvarte, pero también te condena. Que te cura mientras te desgasta. Que te da voz, pero te va robando el cuerpo...

Y sin embargo, seguimos desangrándonos letra a letra. Como si escribir fuera la forma de hacernos ver, sin entender que la gloria y los aplausos son apenas el lujo de quienes no nacieron con heridas en los dedos. De los que no saben lo que es quedar vacío. Transparentes. Casi ineludibles. Pero también un poco más reales. Porque en cada texto dejamos migas, por si algún día queremos volver. Quizás, dentro de muchos años, alguien intente reconstruirme con lo que escribí. Y ahí estaré yo: una especie de golem de tinta y papel. Hecho de metáforas torpes y comas mal puestas. Un yo gastado, armado con palabras que alguna vez lograron escapar de mi mente.

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Y tal vez funcione... Tal vez ese nuevo yo diga algo mejor que yo... O tal vez no... Tal vez solo escriba lo mismo, pero con sinónimos.