Letra de médico

Homenaje

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Letra de médico

En una cajita de cartón que contenía barritas de chocolate, dentro de un cajón, tengo uno de los mayores tesoros: una carta a mano escrita por mi abuelo Nello.

Cuando era chico, se me despertó —no sé por qué— la manía de mandar cartas por el correo. Se las mandaba a familiares, por lo que la mayoría de las veces salían de General Cabrera para repartirse en el mismo lugar. Seguramente los empleados del correo —que de por sí mucha onda no tenían— se habrán quejado del niño que una vez se envió una carta a sí mismo, razón segura por la cual esa carta jamás llegó.

Sin embargo, un día me llegó la carta de mi abuelo. Era en realidad una respuesta a la que yo le había mandado —que no sé dónde estará—. Era un papel amarillo y arrugado, no porque la carta fuese de hace muchos años —está fechada en octubre de 2014— sino porque era la hoja de un bloc que él y mi abuela usaban para escribir cartas. Se ve que un día dejaron de comprarlos porque ya la gente se estaba empezando a comunicar de otra manera.

Me costó un poco leerla, creo que la tuvo que leer mi mamá. Mi abuelo había hecho un enorme esfuerzo en que sea legible porque claro, tenía letra de médico, y lo mencionaba en su carta. Lo que más me gusta de ella es la despedida —la única que pude tener con él, ya que su muerte me tomó muy de sorpresa, incluso la noche anterior habíamos discutido sobre un programa que pasaban en la televisión —, donde se dirige a mí como «su nieto y su amigo», y me nombra la dirección de su casa para que cuando necesite un consejo, supiera adónde ir.

El pasado 20 de julio, el día del amigo —y también mi cumpleaños— fue una fecha un poco difícil. Observar, como se dice siempre, «las sillas vacías» donde antes se sentaban Nello y Alicia, quienes además de ser mi abuelo y mi tía, sin vergüenza afirmo que eran mis amigos. Sigo yendo a sus casas, buscando a veces consejos y a veces respuestas a tantas preguntas que no les pude hacer. Y muchas veces las encuentro. Es la gente que, aunque no esté, le sigue dando forma a nuestra vida.

En el mes de junio tuve el orgullo de asistir a la placita que se inauguró en mi ciudad, llamada ahora «Dr. Nello Storani». Una periodista me preguntó qué pensaba de mi abuelo. Le dije que es muy común decir que hay gente que «dio la vida» —sobre todo él, que atendía partos—,

pero que a mí esa frase no me gustaba, porque nadie en realidad «da» la vida así como así, y se queda vacío (?). Prefiero usar la frase «dejar la vida», porque tras su muerte, sigue siendo parte de todos los que alguna vez acudieron a su consultorio.

También he escuchado —un poco a mi pesar— que médicos como él ya no quedan. Yo no tuve la oportunidad de ser paciente del Dr. Storani —ya se había retirado cinco años antes de que yo naciera—, así que no puedo decir mucho.

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Pero sí puedo hablar de los médicos que conocí, de los que no me puedo quejar

Ser médico en un pueblo implica muchas veces atender consultas que nada tienen que ver con la medicina, o simplemente gente que, por miedo a estar enferma, va al médico más de lo que debería.

Pienso en los médicos y se me vienen a la mente imágenes. Mi pediatra Rubén que me reiteraba, un poco cansado, que yo era un poco bobo al enfermarme siempre en vacaciones. ¿Acaso Pablo, quizás el que más frecuento, no me encuentra bastante seguido en su casa, adonde le llevo empanadas —a veces para vender, otras para regalar— y me quedo hasta horas hablando con su familia? ¿Llamar a Daniel por su apodo característico —Plumero—, no implica algo más de familiaridad que ser simplemente su paciente?

Quizá médicos como mi abuelo ya no queden, cada uno es distinto, por supuesto, pero los que están me llenan de honra

y lo menos que puedo hacer es agradecerles por transgredir sanamente esa formalidad

que se viste de chaquetilla, y debajo de ella, una mente tan docta como su corazón.