En Argentina en el mes de agosto se conmemora el Día del Niño —mejor expresar el «Día de la Niñez»—, como si necesitáramos recordarnos que existe una franja de habitantes que no ha alcanzado la adultez y que requiere ser evocada, celebrada, agasajada en un día especial. ¿Es necesario un día particular? ¿La lógica no nos dice que sería ineludible los trescientos sesenta y cinco días del año? ¿Qué es ser niño o niña en este siglo XXI? ¿De qué manera se transita esta etapa de la existencia? ¿Cómo se va desarrollando y constituyendo la presencia de la niñez en esta sociedad globalizada, tecnológicamente de vanguardia, compleja hasta el paroxismo, desigual, que se va autotransformando segundo a segundo, y que va perdiendo el sentido día a día? ¿Qué responsabilidad nos cabe como adultos y ciudadanos frente a los niños en la actualidad? ¿Qué actitud asumimos frente a los niños y niñas que habitan nuestro tiempo?
¿Somos refugio o carceleros?
Francesco Tonucci, el célebre pensador italiano, sostiene: «el niño que no puede andar solo por la calle es un niño prisionero». También: «la autonomía se conquista con la experiencia, y no se adquiere si no se da la posibilidad de vivirla». Y en su cuenta de Instagram, @fratoescola reza: «el infante no vale por lo que es sino por lo que será»; «todos los aprendizajes de la vida se hacen jugando».
En el curso de la historia, la actitud de los adultos hacia la infancia ha ido cambiando. Se fue pasando de una sociedad amplificada en la que el niño, cuando apenas era capaz de valerse por sí mismo, vivía ya como un adulto en medio de los adultos, como un ser autónomo y productivo; a una sociedad que se encierra en núcleos familiares, privatizando a la infancia y segregándola mediante diversos sistemas educativos que implican la intervención de la autoridad parental y la vida regulada por regímenes disciplinarios, ya sea la familia o la escuela.
Se puede deducir que el concepto de «infancia» es una creación psicosocial, una representación del imaginario de una sociedad determinada que, atendiendo a las necesidades de una dinámica social, da fuerza y consistencia al «sentido común» compartido por una comunidad.
La manera en que los niños viven hoy dista años luz de la que cualquier adulto mayor recuerda como su propia infancia —llámese adulto mayor a quienes cuentan con 20 años o más en la actualidad—. A medida que se suceden los avances tecnológicos a los que los niños se adaptan de manera admirable y suelta, los ritmos de vida, las exigencias y las perspectivas en torno a ellos aumentan y mutan de manera constante.
Desde hace más de treinta años los estudiosos del concepto de «infancia» vienen planteando que la infancia que se está viviendo y a la que cuesta entender va adquiriendo representaciones ambivalentes y cambiantes, unos sostienen que deja de existir tal como se la concebía y pasa, silenciosamente, a ser otra cosa, vacía de sentidos. Se anuncia la crisis de la infancia, y otros más osados sostienen «la desaparición de la infancia» o «infancia tóxica», vulnerada, y del paso de la infancia en singular a «pluralidad de infancias».
Vemos que la realidad va definiendo nuevos estilos de ser niño, nuevos espacios y medios de socialización y nuevos modos de vincularse con el otro, nuevas maneras de jugar y comportarse, nuevas subjetivaciones que provocan nuevas prácticas sociales.
Los adultos observamos perplejos el devenir de una infancia que no se condice con los registros históricos y las representaciones sociales que hemos construido. Nos sentimos como adultos, descolocados y excedidos en la que los niños se sienten y manifiestan como «peces en el agua», totalmente ubicados y tranquilos.
Las mutaciones socioculturales importan lógicas que desinstitucionalizan la infancia: el crecimiento de las estadísticas de maltrato infantil, el aumento alarmante de venta y desaparición de niños, la niñez asesina y el suicidio infantil, el niño como sujeto consumidor con acceso indiferenciado a la información y consumo mediático, el niño de la calle, el trabajo infantil, el abuso sexual infantil, entre otros.
Entonces…
Como adultos, responsables de nosotros mismos y de los demás, de los «otros» y, dentro de la «otredad» entran los infantes, los niños y las niñas de nuestra ciudad, como ciudadanos nos compete abrazar las infancias de manera consciente, comprometida. Y como nos recuerda el gran Frato, que nuestra presencia ciudadana les permita a los infantes habitar la ciudad, jugar libremente en los espacios, somos nosotros los habitantes de General Cabrera quienes debemos erigirnos en cuidadores de nuestros niños todos los días del año, a cada paso, en cada instante, siempre.

También nos compete, como adultos sensatos, entender la complejidad de la niñez en la actualidad, que está atribulada por la excesiva presencia de la tecnología, la que le quita la oportunidad de construir verdaderas experiencias subjetivas, ya que el acceso virtual permanente no sólo los enajena, sino que también los priva de la construcción de experiencias propias de un equilibrio emocional estable.
Hoy ser niño es una situación difícil, dificilísima: tironeados por la falta deseo, ya que están inmersos en una realidad en la que el entorno ofrece todo muy rápido y choca contra sus cabecitas, el contexto satura, la publicidad excesiva impacta en los pequeños que asumen un nuevo estatus de consumidores, la confusión entre el ser y el tener se acrecienta al igual que la dificultad para construir singularidad.
¿Dejaremos cerradas las puertas, continuamos como carceleros? ¿O nos convertimos en el refugio necesario para que nuestros niños sean niños, disfruten de una infancia a medida de un crecimiento sano, estable y emocionalmente rico en experiencias de infantes?