Este texto, escrito a mano y desde el encierro voluntario al volver de Estados Unidos, no pretende solo un repaso histórico, sino una interpelación ética. Más que relatar hazañas,
Favaloro busca humanizar al mito
, rescatar al hombre de carne y hueso que, con coraje y esfuerzo, cambió el destino de medio continente.
Solo a través de la escritura —el acto de tomar, sentir y transformar en nuevas ideas— se puede implementar un arma revolucionaria que sacuda la memoria colectiva y, en contraste con el pesimismo, siembre esperanza.
Qué escribió Favaloro de San Martín
El recorrido de la vida del Libertador se entrelaza con detalles íntimos, cartas personales y relatos que muestran cómo, en medio del caos, se gestó una revolución. Se destacan las adversidades económicas, políticas, militares, y también —como una sombra constante— su delicada salud, que lo acompañó hasta el final de sus días. Pero por encima de todo, los valores que guiaron su vida estuvieron marcados por una convicción profunda: el esfuerzo como camino, el esfuerzo como bandera.
La idea que mejor logró reencarnar Favaloro al escribir sobre San Martín es la de humanizar a una figura inmortalizada en estatuas de bronce y billetes devaluados. Lo aborda como al hombre real que fue, con sus límites y dolores, y que, sin embargo, supo forjar el destino de toda una nación (y más): creando un ejército prácticamente de la nada, cruzando una cordillera imposible y liberando tres países del yugo de una de las potencias más grandes de su tiempo. Escribía cartas desesperadas a conocidos, cargadas de una pasión que, sin embargo, sólo él supo sentir del todo.
No se trata de una distancia cronológica, a pesar de los 171 años que transcurrieron entre la independencia y la escritura del libro en 1987. Favaloro empieza a mostrarse como un gran crítico de la degradación moral del estado argentino contemporáneo, no en vano fue víctima de los gobiernos sin excepción de partido.
Favaloro también mientras escribió esta obra se veía así mismo inspirado en la vida de su prócer. Hijo de un carpintero que supo graduarse con honores de médico y sirvió a un pequeño pueblo en La Pampa en donde dejó la huella imborrable en la memoria de quienes vieron sus vidas mejores después de su paso.
Las distancias entre la época de San Martín y la actualidad son, sobre todo, morales.
Porque, como San Martín, Favaloro fue hijo del esfuerzo.
Médico rural en La Pampa, maestro incansable, servidor público, víctima de la indiferencia estatal, y aun así, un hombre que nunca abandonó su vocación por mejorar al prójimo. Es imposible no advertir los espejos: ambos vivieron sin buscar gloria personal, ambos sufrieron por su país, y ambos murieron con más reconocimiento fuera que dentro de la patria que ayudaron a construir.
Cuando René pone su puño a escribir no hace más que transformar la idea de un prócer en una autoridad moral bien merecida y dar al pie de la letra un mensaje sumamente conmovedor: que los valores, más que nunca, exigen un esfuerzo consciente. A través de un estudio minucioso de la vida del Libertador, Favaloro parece insistir en una idea central: más importante que conocerlo en detalle histórico, es comprender y asumir su comportamiento ético.
Ambos vivieron la contradicción de darlo todo por una patria que muchas veces les respondió con indiferencia. Ambos creyeron, incluso en soledad, que el ejemplo arrastra más que el discurso.
En épocas de una desesperanza galopante, en el que pensar en un futuro como nación es tan sombrío que ni siquiera permite pensar en lo que sucederá en seis meses, el cinismo se apodera de nosotros, con ello la indiferencia por la degradación es el pan de cada día. Recordarlos no debe ser un ejercicio nostálgico, sino una forma de resistencia ética, necesitaremos más inteligencia, sí. Pero sobre todas las cosas integridad.

Por eso que, al cerrar el libro y su análisis, la pregunta se invierte: ¿Conocemos nosotros a Favaloro? Porque
Si San Martín viviera, sin duda también habría escrito sobre Favaloro
Porque entre quienes encarnan con humildad los valores más altos, siempre hay un reconocimiento silencioso, invisible, pero eterno. San Martín hubiese visto en Favaloro a un igual, y le hubiese confiado, como a pocos, el peso de recordarle a la juventud argentina que no hay destino sin esfuerzo, ni patria sin virtud.